EDITORIAL: Sistema Europe Youth Orchestra in Athens

In Athens this summer, some of Europe’s newest musicians came together to play in one of Europe’s oldest concert spaces.  The Sistema Europe Youth Orchestra held its fourth summer camp residency in Athens in July, and the final performance unfolded in the timeless beauty of the Odeon of Herodes Atticus, built in the second century A.D. on a slope tucked just under the Parthenon.

There were 225 young musicians (161 from Sistema Europe and 64 from El Sistema Greece) between the ages of 9 and 29, plus 40 teachers/tutors/co-music directors, from a total of 33 countries across Europe.  Organized into a junior and senior orchestra during the ten days of their residency, they worked and played together with such fervor that one of their teachers confessed, a little wearily, “It’s been hard to keep up with them; they just want to keep working and getting better all the time!”  And we repeatedly heard the comment that is so likely at such ambitious events, “In the first three days here, my students improved more than in the last three months at home.”

On the night of the concert, as darkness fell, the great stone arches atop the amphitheater were suffused with purple scenic lighting.  The stage was filled with children and young people playing with exactly the kind of generous, combustible brio we have seen in Sistema programs across the world.  They played Handel and Brahms and Bizet, Saint-Saens and Tchaikovsky.  They were joined onstage by the world-renowned soprano Joyce DiDonato.  They played a new work written for the occasion by Greek composer Alexandros Markeas…a hauntingly beautiful Syrian piece dating from 700 A.D. …and, of course, the Ode to Joy.  As so often happens in Sistema settings, there was frequent swapping of first chair positions between pieces.  There were nine different conductors, hailing from as many countries.  The music-making was often brilliant and always heartfelt; they swayed together (with a vigor we have only seen before in Venezuela), leaning into the music and making it their impassioned gift to us, to the 4,400 Athenians present, to Athens, to the world.  There were moments when even the cicadas whose song rules the Athenian summertime seemed to adjust their tempo to the irresistible energy of the music onstage.

Perhaps the most stunningly “Sistema-esque” aspect of the concert was the chorus of small children who sang the vocal parts of several pieces: they were members of El Sistema Greece, and they comprised not only Greek children but also the Syrian and Afghani children of the Skaramagas refugee camp, near Athens.  Watching these little ones sing in three languages and sway along with their newfound instrumentalist friends – and often dance in place and giggle with excitement – was to feel anew the power of the radical inclusion that is Sistema’s watchword around the world.  The commissioned premier was a piece about a difficult anxious unresolved journey—what could be more relevant to all those present?  And one of the pieces they sang was Ode to Joy, in German.

But what about all the kids who didn’t get to come to Athens? What about all the programs around the world who can’t afford such an expensive undertaking as SEYO’s Athens residency (which was underwritten by many supporters, most prominently the Hilti Foundation)?

We are certain that the real lesson of the residency is simply that strength lies in coming together.  It’s not really about traveling to a world capital or playing in a historical amphitheater, although those are wonderful things; it’s about bringing young people together to play music they love.  One of the teachers, when asked what was the most exciting moment of the residency, responded:  “It was the first downbeat of the first rehearsal!  Because at that moment, all the kids suddenly understood that they were part of something much larger than they had ever known.”

I think of the moment in the SEYO concert when the junior orchestra joined the senior orchestra onstage – a sheer vastness of kids, filling up the immense performance space and spilling toward the wings on both sides.  As Marshall Marcus, Sistema Europe’s founder and director, watched from the audience, he smiled and said quietly:  “Welcome to Athens, Venezuela.”

He’s right:  it’s Venezuela’s El Sistema teachers and leaders who have taught us all, by example, that simply bringing kids together to play can bring them a new level of empowerment and motivation.  When a SIstema student understands that she is part of something beautiful and unifying that stretches past her own program, she is able to see herself in a new way, and to aspire to new levels of collective creativity.  A new sense of her own significance and potential awakens.

Coming together as empowerment.  It can be as simple as bringing together the programs of adjoining towns, or of a state or province.  And even that can be complicated and expensive. But if you can manage to make it happen – somehow, somewhere – for your kids, they will never forget it.

By: Tricia Tunstall

Date Published: 20 October 2017


Orquesta Juvenil de Sistema Europa en Atenas

En Atenas este verano, algunos de los músicos más nuevos de Europa se juntaron para tocar en uno de los espacios de concierto más antiguos de Europa. La Orquesta Juvenil de Sistema Europa tuvo su cuarta residencia de campo de verano en Atenas en julio, y la última presentación aconteció en la belleza intemporal del Odeón de Herodes Ático, construido en el segundo siglo A.D. en una cuesta metida justo debajo del Partenón.

Hubo 225 jóvenes músicos (161 de Sistema Europa y 64 de El Sistema Grecia) entre las edades de 9 y 29 años, además 40 profesores/tutores/co-directores musicales, de un total de 33 países de toda Europa. Organizados en una orquesta infantil y una juvenil durante los diez días de su residencia, trabajaron y tocaron juntos con tanto fervor que uno de sus profesores confesó, con un poco de cansancio, “Ha sido difícil seguir el paso de ellos; ¡solo quieren seguir trabajando y mejorando todo el tiempo!” Y escuchamos repetidamente un comentario el cual es muy probable en eventos tan ambiciosos, “En los primeros tres días aquí, mis estudiantes mejoraron más que en los últimos tres meses en casa.”

La noche del concierto, mientras caía la oscuridad, los grandes arcos de piedra sobre el anfiteatro se bañaron de luces escénicas de color violeta. El escenario estaba lleno de niños y jóvenes tocando con exactamente el tipo de brío generoso y combustible  que hemos visto en programas de El Sistema por todo el mundo. Tocaron Handel y Brahms y Bizet, Saint-Saens y Chaikovski. Fueron acompañados en el escenario por la soprano mundialmente conocida, Joyce DiDonato. Tocaron una nueva obra escrita para la ocasión por el compositor griego Alexandros Markeas…una pieza siria hermosa y evocadora datada de 700 A.D. …y por supuesto el Himno a la Alegría. Como pasa a menudo en los ambientes de El Sistema, hubo intercambios frecuentes de primeras posiciones entre las obras. Hubo nueve directores diferentes, provenientes del mismo número de países. La presentación de la música fue frecuentemente excelente y siempre de corazón; oscilaban juntos (con un vigor que sólo hemos visto antes en Venezuela), inclinándose hacia la música y haciendo de ella su regalo apasionado para nosotros, para los 4,400 atenienses presentes, para Atenas, para el mundo. Hubo momentos cuando hasta las cigarras, cuyas canciones reinan sobre el verano ateniense, parecían ajustar su tempo a la energía irresistible de la música en el escenario.

Quizás el aspecto más impresionantemente “Sistema-esco” del concierto fue el coro de niños pequeños que cantaron las partes vocales de varias piezas: eran miembros de El Sistema Grecia, y constaba no sólo de niños griegos sino también de los niños sirios y afganos del campo de refugiados de Skaramagas, cerca de Atenas. Mirar a estos pequeños cantar en tres idiomas y oscilar juntos con sus nuevos amigos instrumentistas – y frecuentemente bailar en sus sitios y reírse de emoción – fue sentir nuevamente el poder de la inclusión radical, lema de El Sistema por el mundo. El estreno encargado era una pieza sobre un viaje difícil, ansioso, e inconcluso—¿qué podría ser más relevante para todos los que estaban presentes? Y una de las piezas que cantaron fue el Himno a la Alegría, en alemán.

¿Pero qué hay de los chicos a los cuales no les tocó venir a Atenas? ¿Qué hay de todos los programas por el mundo que no pueden permitirse pagar un proyecto tan costoso como la residencia de SEYO en Atenas (la cual fue financiada por muchos seguidores, más prominentemente la Fundación Hilti)?

Estamos seguros que la lección verdadera de la residencia es sencillamente que la fuerza queda en unirse. No tiene que ver realmente con viajar a una capital mundial o tocar en un anfiteatro histórico, aunque esas son cosas maravillosas; tiene que ver con juntar jóvenes para tocar música que aman. Uno de los profesores, ante la pregunta cuál fue el momento más emocionante de la residencia, contestó: “¡Fue el primer pulso del primer ensayo! Porque en aquel momento, todos los niños entendieron de repente que hacían parte de algo mucho más grande que cualquier cosa que habían conocido.”

Pienso en el momento del concierto de SEYO cuando la orquesta infantil se juntó con la orquesta juvenil en el escenario – una pura vastedad de chicos, llenando el espacio inmenso de presentación y desbordando hacia las bambalinas de ambos lados. Mientras Marshall Marcus, fundador y director de Sistema Europa, miraba desde el público, sonrió y dijo en voz baja: “Bienvenida a Atenas, Venezuela.”

Tiene razón: son los profesores y los líderes de El Sistema Venezuela quienes nos han enseñado a todos, con su ejemplo, que sencillamente juntar a los chicos para tocar puede traerles un nuevo nivel de apoderamiento y motivación. Cuando una estudiante de El Sistema entiende que hace parte de algo hermoso y unificador que se extiende más allá de su propio programa, ella puede verse a sí misma en una manera nueva y aspirar a nuevos niveles de creatividad colectiva. Se despierta un nuevo sentido de su propio significado y su propio potencial.

Unirse como apoderamiento.  Puede ser tan sencillo como juntar los programas de pueblos contiguos, o de un estado o una provincia. Y hasta eso puede ser complicado y costoso. Pero si logras hacer que suceda para tus chicos – de alguna manera, en algún lado – nunca lo olvidarán.

Por: Tricia Tunstall

Fecha: 20 octubre 2017

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