FEATURE: Music as the Language of Humanity, Love, and Connectedness

It wasn’t until I traveled through the prisons of Venezuela in 2014, to observe El Sistema’s work with prisoners, that I really understood the power of music. In Los Teques, a city outside of Caracas, I saw a child watch proudly as her incarcerated mother practiced the viola. In Barinas Prison, I saw men and women celebrating the infectious energy of joropo, Venezuela’s traditional folk music. In Tocuyito, I heard a pregnant woman sing a heartfelt lullaby to her unborn child. El Sistema’s work in incarcerated communities represents one of the most powerful environments for music I have ever seen.

The Venezuelan initiative began with Lenin Mora, a musician and lawyer who grew up within El Sistema and was a horn player in the Simon Bolívar Orchestra of Venezuela. Lenin realized that Sistema principles could also work for adults – particularly in prison populations, who are desperately in need of an artistic outlet, a means for personal reflection, and a path toward community.

Since the first prison program was inaugurated, in 2007, the Orquestas Penitenciarias de El Sistema (OPS) has spread to eight prisons throughout Venezuela and served nearly 9,000 incarcerated people. The prison núcleos vary in the genres and styles of the music played, but all have one underlying commonality: music fundamentally changes how the participants interact with each other, their communities and their families. The programs are open to all; a majority of those who participate have had no musical experience before entering prison. The only requirements are that attendees cannot be under the influence of drugs or alcohol and must remain non-violent at all times.

The Institución Nacional de Orientación Femenina, or INOF, is a low-security women’s prison. When I attended the full symphony orchestra rehearsal, I saw a seamless collaboration between beginner musicians, veterans, and faculty members – a small (or not so small) miracle. Within months of playing their instruments, these women were playing music that would be a challenge for any youth orchestra. They were focused. And they were smiling. After the rehearsal, one of the women said to me, “Even though we are in here, the music makes us forget where we are. We can forget about the world outside and just be free.”

At the Internado Judicial de Barinas, a penitentiary in the inland city of Barinas, the goal of the program is to create a band for Venezuelan folk music like joropo and merengue. The instruments taught are guitar, violin, and cuatro; there is also a chorus. The extremely proficient professors supplement these instruments with their own: double bass, mandolin and harp. Despite the relatively modest scale of this program, the feel was deeply joyful; the prisoners cheered one another on, and cheered their teachers’ virtuosity with equal gusto.

In these programs, as in all Venezuelan Sistema prison programs, families are often invited to attend performances. In this way, prisoners share their musical progress with their friends, families and communities. The result is that pride and self-esteem develop not only in the prisoners but also in their families and communities, and the effects of the work extend to the next generation.

While Venezuela remains at the forefront of this important work, a number of programs around the world are embarking on similar projects for incarcerated communities. The Irene Taylor Trust in England, led by Sara Lee, has created a highly successful program based on collaborative composing. Creative Scotland, based in Edinburgh, is incorporating multiple arts such as painting, acting, and creative writing, as well as music, in prison programs.  Sistema New Brunswick in Canada is creating one of the most comprehensive Sistema prison programs in North America.

In the United States, I created Musicambia, a program designed to translate the profound efforts in Venezuela to the overwhelming incarceration crisis in the U.S. Musicambia is currently working with incarcerated men at the New York State maximum-security prison; the program has strings, brass, voice, keyboard, guitar and bass players. We plan to open a similar program in Allendale, South Carolina, where we will partner with local educational institutions to involve local community musicians and music education students.

In the words of one of our Musicambia participants in New York: “Men who have spent most of their lives in prison have very little hope, very little to aspire to. Learning to make music provides a lifeline and reaches us in ways nothing else can. And people who learn to speak in the language of music learn the language of humanity, love and connectedness.”

By:  Nathaniel Schram, Founder and Executive Director of Musicambia; Violist of the Attacca Quartet

For more from Nathan, including a full account of his time in Venezuela, visit his website.

Date Published: 1 April 2016


El Sistema en las cárceles de Venezuela

Fue cuando viajé por las cárceles de Venezuela en 2014, para observar el trabajo de El Sistema con los prisioneros, que entendí realmente el poder de la música. En Los Teques, una ciudad afuera de Caracas, vi a una niña mirar orgullosamente su mamá encarcelada practicando la viola. En la cárcel de Barinas vi a hombres y mujeres celebrando la energía contagiosa del joropo, música folclórica venezolana. En Tocuyito, escuché a una mujer embarazada cantar una canción de cuna a su niño no nacido. El trabajo de El Sistema en las comunidades encarceladas muestra uno de los más poderosos ambientes para la música que he visto. Esa iniciativa venezolana empezó con Lenin Mora, músico y abogado quien se crió dentro de El Sistema y quien tocaba el corno en la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela. Lenin se dio cuenta que los principios de El Sistema podían también funcionar para los adultos – particularmente en poblaciones reclusas que necesitan desesperadamente una salida artística, un medio para la reflexión personal, y un camino hacia la comunidad.

Desde la inauguración en 2007 del primer núcleo en una cárcel, las Orquestas Penitenciarias de El Sistema (OPS) se han difundido por 8 cárceles por toda Venezuela y han atendido a casi 9,000 personas encarceladas. Los núcleos en las cárceles varían en los géneros y los estilos musicales, pero todos tienen algo en común: la música cambia fundamentalmente como los participantes interactúan entre ellos, con sus comunidades, y con sus familias. Los programas están abiertos a todos; la mayoría de los participantes no tenían experiencia musical previa. Los únicos requisitos son que los participantes no tomen alcohol o drogas y que no sean violentos. La Institución Nacional de Orientación Femenina (INOF) es una cárcel de baja seguridad para mujeres. Cuando asistí a su ensayo de orquesta, vi una colaboración constante entre principiantes, veteranas, y profesores – un pequeño milagro. Después de solo meses con sus instrumentos, tocaban música que sería un reto para cualquier orquesta juvenil. Estaban enfocadas. Y sonreían. Después del ensayo, una de las mujeres me dijo, “A pesar que estemos aquí adentro, la música nos hace olvidar donde estamos. Podemos olvidarnos del mundo de afuera y estar simplemente libres.”

En el Internado Judicial de Barinas, una penitenciaria en Barinas (una ciudad del interior), el objetivo del programa es crear una banda de música folclórica venezolana como el joropo y el merengue. Los instrumentos enseñados son guitarra, violín, y cuatro; también hay un coro. Los profesores complementan estos instrumentos con los suyos: contrabajo, mandolina, y arpa. A pesar del tamaño modesto de este programa, la sensación era de profundal alegría; los prisioneros aclamaron a los demás y a sus profesores virtuosos. En estos programas, como en todos los programas de El Sistema en las cárceles venezolanas, invitan a las familias a los conciertos, así los prisioneros comparten su progreso musical con sus amigos, familias, y comunidades. El resultado es el desarrollo del orgullo y de la autoestima no solo en los prisioneros si no también en sus familias y comunidades, y los efectos del proceso se extienden hasta la próxima generación. Mientras Venezuela se queda a la vanguardia de este trabajo importante, varios programas por todo el mundo están lanzando proyectos similares para comunidades encarceladas. El Irene Taylor Trust en Inglaterra, dirigido por Sara Lee, ha creado un programa muy exitoso basado en la composición colectiva. Creative Scotland, en Edimburgo, está incorporando varias artes como la pintura, el teatro, y la escritura creativa, tal como la música, en programas para encarcelados. Sistema New Brunswick en Canadá está creando uno de los programas El Sistema para encarcelados más completo en América del Norte.

En los Estados Unidos, yo creé Musicambia, un programa diseñado para traducir los esfuerzos venezolanos a la enorme crisis del encarcelamiento en los EEUU. Musicambia trabaja con hombres en la cárcel de máxima seguridad del estado de Nueva York; el programa ofrece clases de voz, cuerdas, bronces, teclado, guitarra, y bajo. Tenemos planeado abrir un programa parecido en Allendale, Carolina del Sur, donde trabajaremos con instituciones educativas locales para involucrar músicos de la comunidad y estudiantes de educación musical. En las palabras de uno de nuestros participantes de Musicambia en New York: “Los hombres que han pasado la mayoría de sus vidas en la cárcel tienen muy poca esperanza, muy poco al cual aspirar. Aprender a hacer música provee un sustento y nos alcanza como nada más puede. Y la gente que aprende a hablar el idioma de la música aprende el idioma de la humanidad, del amor, y de la conexión.

Por Nathaniel Schram, Fundador y Director Ejecutivo de Musicambia; Violista del Cuarteto Attacca

Fecha: 1 abril 2016

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